La capilla sin piedad

Por el Arq. Leonardo Noguez

Conocí al artista Pablo Atchugarry en el año 2007. Después de una larga trayectoria en Europa, decide retornar a Uruguay a instalar una Fundación para promover las artes, el lugar escogido resultó ser vecino de mi familia, por lo que rápidamente entablamos un vínculo de amistad, a la que luego se sumó la colaboración profesional. En estos años se han sucedido innumerables proyectos junto a él, desde emplazamientos para sus esculturas, curadurías y muestras en diferentes partes del mundo, el proyecto para la nueva Fundación en Miami o el diseño de la capilla en Manantiales.

Una versión de “La piedad” en mármol de la misma cantera donde Miguel Ángel elegía sus bloques es simbólico de por sí. En el caso de Pablo, además, constituye su primera obra de gran tamaño.  Encargada por un sacerdote de la ciudad de Lecco, esta pieza terminaría siendo determinante, ya que su lugar de residencia pasaría a ser esa pequeña ciudad del norte italiano y el mármol blanco de carrara su inconfundible impronta. El dramatismo y la polémica estuvieron presentes desde el inicio. Al principio muchos fieles rechazaban la obra por su lenguaje abstracto, y gracias al tesón del párroco local, termino siendo admitida. Tiempo después, los cargos eclesiásticos cambiaron y fue retirada del emplazamiento original, y sería el mismo sacerdote del encargo, quien le sugiera construir un nuevo refugio para “la piedad” en Uruguay.

La premisa era proyectar un pabellón con total libertad, si bien la obra tiene un estatuto religioso, el espacio ubicado en el marco escenográfico de su Fundación debería ser laico. El espacio proyectado debía tener énfasis en la materia, una forma pura y arquetípica, donde nada compita con el protagonismo de la escultura, cuyo dramatismo realzado con la luz cenital genere una atmosfera intimista entre el espectador y la obra. Mi interés era que ese espacio arquitectónico acentuara el carácter revelador de esa obra tan simbólica.  Eran muchos los desafíos, y las condicionantes. Trabajaba en infinidad de versiones y nunca llegaba a una versión que me satisficiera totalmente. Pablo insistía en conocer el proyecto, y yo lo postergaba con excusas cada vez menos creíbles. Cuando finalmente me decido a llevarle una maqueta, pensando que sería en inicio de un proceso de ajustes y revisiones, la mira  detenidamente y me dice: “está aprobada, mañana empezamos a construirla”. Yo atónito, le contesto que aún no tenía preparado ningún plano, “ya puedes empezarlos” me contesta. Preparé rápidamente un plano de fundaciones y al día siguiente ya estaban listas las excavaciones.